
Hace unos años recibí del director de teatro colombiano Enrique Vargas un taller llamado "Dramaturgia de la imagen dramática sensorial", después estuve trabajando dos pequeñas temporadas con su grupo de la universidad de Bogotá y entre un trabajo y otro fundé junto con unos compañeros narradores y teatreros el grupo de investigación de la imagen dramática sensorial "Cuelebre". Esto parece el extracto de un curriculum de esos raros que vamos haciendo crecer los frikis como yo.
Pero no. La cosa viene a colación para hablar precisamente de la imagen sensorial y de la aplicación de esta al trabajo en escena. La aplicación consciente quiero decir, porque de forma inconsciente hay quien la aplica de toda la vida.
Para mí como espectador ir a ver un espectáculo, ya sea de circo, de teatro, de cuentos, o ir al cine, se corresponde con un cúmulo de sensaciones. Desde que uno decide practicamente que va y se arregla para ello, hasta la misma entrada en el teatro o en el cine. Los olores, las luces, las butacas, el cuchicheo de los demás... Toda una serie de imágenes que tienen que ver con los sentidos me llegan cuando pienso por ejemplo en el circo, o en los cines de verano de mi adolescencia en Cádiz.
Pero ahora soy narrador, me refiero a narrador de historias consciente (o profesional, como queráis), y ese mundo de sensaciones se me muestra desde otro punto de vista. Enrique Vargas quería que la obra de teatro fuese primero sentida y después pensada. Y qué queréis que os diga, eso es precisamente lo que yo creo que debe pasar con un cuento en el sentido de la imagen. Primero deben aparecer las imágenes del cuento en ese lado de la mente del público donde se imagina, y después debe ser pensado. Primero la imagen a través de los sentidos, del oido y de la vista fundamentalmente, directamente a la imaginación, y después que piensen, me gustaría que pensaran, pero eso ya es otro cantar o contar.
El público llega, viene de la calle, de su vida, y nosotros tenemos una propuesta que puede o no, tener que ver con su vida, por eso es importante que el público olvide que es algo más que público, que olvide su hipoteca, su coche, su novia, sus exámenes. Que consigamos sorprenderlo de manera que sólo quede el juego que le proponemos y los jugadores: el narrador, él mismo, y la historia. Pero eso es más difícil de lo que parece. Es difícil hacer olvidar, y avanzar hasta el momento actual, o retroceder, que hay personas que sólo piensan en el futuro.
Bueno, esa es una pregunta: ¿se puede contar de manera que el público no piense, sólo imagine? ¿que esté en una especie de ensoñación, dentro de la historia a medida que se la vamos contando pero dentro a través de sus propias imágenes?
Si eso se consigue llega la historia, pura, a la imaginación, en el momento del encuentro, y es desde ahí, desde ese momento, desde donde el narrador puede salir para criticar a los personajes o para opinar de política, desde el olvido de todo lo que el narrador es que no es narrador, desde el olvido de todo lo que el público es que no es público, desde el cuento, desde el encuentro.

Por eso quiere uno que las imágenes de su cuento sean lo suficientemente sugerentes como para trasladar al público a otro mundo. Por eso quiere uno que las condiciones a la hora de contar sean las que permitan que se dé esta magia. Por eso cuenta uno.
Yo pienso que si logramos eso el cuento o la historia vivirá más tiempo en la memoria del espectador, se quedará en ese lugar medio olvidado de la memoria que tiene que ver con la propia imaginación y con las sensaciones. Como cuando ocurre un olor que nos recuerda nuestra infancia o a mi padre o el pelo de la chica que teníamos delante en secundaria. Habrá un momento en que el cuento surja de esa memoria para encontrarse con nosotros, con nuestros pensamientos, con nuestros problemas actuales o futuros y nos ayudará a resolverlos, o simplemente nos recordará lo bien que lo pasamos aquella noche, o aquella tarde con tal o cual persona con la que fuimos a una sesión de cuentos.